Tobi

Un aullido clama auxilio en mitad de la noche, pero nadie responde. El frío, la soledad y el dolor son largas agujas que se clavan cada vez más profundas en su piel. Sus ojos llorosos brillan bajo la tenue luz de una farola, su única compañera.


La urgencia se envuelve en silencio... y se torna indiferente. Todos oyen, nadie escucha, todos pretenden, nadie actúa. Y él sigue ahí, tirado en la cuneta, cual inmundicia, necesitado de una mano amiga que, aunque no cure, un pequeño afecto dé. 

Él ya no anhela remedio, únicamente un último buen recuerdo que pueda atesorar en la eternidad que lo aguarda. El mundo le dio la espalda, ignoró su angustia e incluso le condenó a ella. Sin embargo, no hay rencor, no hay odio en su corazón. Hasta el final, él seguirá sin comprender qué es el abandono o la maldad. 

Su mirada busca, desesperada, a su amo y señor. Cree aún en él... y nunca dejará de hacerlo. Todos los días que malvivió en las calles, pensó en su amo. Lo daría todo por volver a sus brazos y sentir de nuevo su calidez. La misma calidez que lo condenó a la muerte cuando lo abandonó a su suerte. 

Aún recuerda el intenso rugido del coche, y cómo se alejaba hasta perderse en el horizonte. Trató de perseguirlo con todas sus fuerzas, pero fue incapaz. Se fue para no volver. 


Imposible son de detallar las pesadillas que experimentó a partir de aquel instante. El mundo era duro, pero porque las personas lo eran. Es sólo su reflejo, aunque él no lo crea así. Él cree que también buscan el amor que una vez desapareció ante sus ojos y, por ello, vagan sin ilusión por el trascurrir del tiempo, aguardando un milagro, sin importarles nada más que la aparición de éste. El dilema surgía cuando todos esperaban, pero ninguno se entregaba por la causa.

Su hora se acercaba. Lo presentía. Y sucumbió ante aquel destino que podría evitarse a pocos metros de aquel lugar. La veterinaria de aquella manzana poseía un servicio de urgencias veinticuatro horas. ¿Pero quién se molestaría en llevarlo hasta allí o, mejor aún, en pagar los costes de los cuidados? No existía seguridad social para animales. Todo estaba en su contra. 

Su vida se extinguiría... ¿Y a quién le importaría? Para su dueño, era un estorbo. Para los transeúntes, un saco de pulgas andante. Para la perrera, una boca más que alimentar. Para los niños de hoy, un juguete. Para las veterinarias, un producto.

Para él, para él sólo era Tobi.

-----------------------------------------------------------------------------------------------------


Marta Lallana

Nacida en San Sebastián, 1993. Autora de El Heredero de la Soledad, Saga Sariam y Vendo Vida, y fotógrafa profesional. Amante del anime, los juegos, el cine y de los animales.

No hay comentarios:

Publicar un comentario