Paquito

Entre el terror y la incertidumbre, corría hacia un destino desconocido. El ruido que aquellas gentes provocaban a su derredor aceleraba su corazón a un ritmo desorbitado. Era un conjunto de gritos y bocinas que no sólo hacían temblar el pavimento que pisaba, sino también su ser. Sin embargo, mayor pavor le transmitían sus miradas. Aquellas eran miradas sedientas de sangre, capaces de adorar la barbarie que para él aún era inimaginable.

―¡Huye, Paquito, huye! ―imploraban los pájaros a su amigo―. ¡No te detengas en ningún momento o te harán daño!

Paquito aún no podía creer que aquellas personas quisieran desearle algún mal. Hasta aquel día, lo habían alimentado diariamente y tratado con dulzura. Además, siempre los había admirado. Desde que él nació, vivió dentro de unos límites debido a su imposibilidad de atravesarlos. Eran altas vallas que le impedían el paso. No obstante, ellos podían caminar libremente hasta perderse en el horizonte. "Dichosos dioses debían ser", se decía.

Hoy, aquellos dioses lo liberaron de los límites y lo encerraron en una caja grande y oscura. Cuando volvió a ver el sol, se encontró, de pronto, en una plaza atestada de personas, caballos y coches. Y le observaban a él, únicamente a él. Entonces, comenzó aquella demente carrera, pero lo peor estaba por llegar.

Se encontró de frente con centenares de jinetes armados con una larga lanza. Se sintió solo y amenazado. Sus ojos se humedecieron y sus patas dejaron de responder.

―Lo siento, amigo ―lloraba el caballo que portaba al primer agresor que clavó aquella lanza en su costado―. ¡Lo siento, lo siento! ¡Odio todo esto!


Él no se defendió, apenas reunía fuerzas para respirar con normalidad. Sólo quería regresar con su familia.

Nunca entendió por qué sus mayores vivían bajo la sombra del miedo. Pese a que soñara con explorar el exterior, él era feliz en aquel cercado. Por las noches, Paquito amaba el resplandor de la luna. Admiraba la magia de su libertad. Capaz era de traspasar fronteras, incluso la del cercado que los aprisionaba. En cambio, sin necesidad de muros, la reina del firmamento era inalcanzable para todos los que en la tierra nos encontrábamos.

Ojalá ahora Paquito fuese como la luna. Aquel inmenso dolor no podría alcanzarlo. Las lanzas se turnaban para embestirlo. Lo golpeaban, asustaban y humillaban sin pausa. Era un baile inacabable de torturas que caían sobre él. Y continuó sin poder reaccionar. A veces, iniciaba una marcha. Sin embargo, prontamente dedujo que no había escapatoria y acabó desmoronándose.


―¡No, Paquito! Tienes que levantarte ―chillaban los pájaros―. ¡Tienes que llegar más allá de esos árboles! Los humanos dijeron ayer que si cruzabas ese límite, te dejarán de hacer daño.
―¿De verdad? ―preguntó, esperanzado, Paquito.
―De verdad, amigo.

Paquito se levantó una vez más y huyó hacia los árboles que los pájaros le indicaron. Era difícil sortear a las personas. Su número era incalculable, y crueles eran sus medios para detenerlo. Incluso dardos llegaron a su piel.


―¿Por qué me hacen esto? ¿Qué quieren conseguir? ¡No lo entiendo! ―gritó Paquito.
―Tus testículos y tu cola, Paquito ―informó un conejo.
―¿Para qué? ―exclamó, escandalizado, él.
―Ninguno de nosotros lo sabe, pero, cuando uno de ellos consigue hacerse con ellos, parece sentirse un poco feliz.
―¿Acaso no son felices?
―No suelen serlo ―dijo, triste, el conejo.
―¿Crees que conseguiré llegar a aquellos árboles?
―Claro que sí ―guiñó un ojo―. ¡Esta noche veremos juntos la luna!

Paquito sonrió y aceleró su prisa, dejando atrás la desesperanza. Esta vez logró distanciarse de ellos, quienes, sorprendidos, lo persiguieron. Pero ya era tarde. Paquito cruzó el límite que marcaban los árboles. Y los pájaros cantaron de júbilo.

Él lloró de alegría. Pensó que se había terminado aquel infierno, pero se equivocó. Los jinetes ignoraron los límites y clavaron en su costado aquellas puntiagudas lanzas. La intensidad del dolor que experimentó fue inestimable.

Paquito cayó al suelo y cerró los ojos para siempre. Nacer en el medievo del 2013 fue su condena.
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Marta Lallana

Nacida en San Sebastián, 1993. Autora de El Heredero de la Soledad, Saga Sariam y Vendo Vida, y fotógrafa profesional. Amante del anime, los juegos, el cine y de los animales.

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